Escrito por: Mariana Bechara, Fotografía: Yorch Sans, Maquillaje y Peinado: Gio Moros
En el mundo empresarial, hay líderes que avanzan con estruendo y otros que construyen en silencio, con precisión quirúrgica. Yelitza Martínez pertenece a este segundo grupo. Empresaria venezolana y cofundadora de la marca de alimentos Tío Paco, su historia no responde al relato clásico del éxito improvisado, sino al de una estratega que entiende que los negocios sólidos se levantan con método, visión y humanidad.

Formada como Contadora Pública en Venezuela y especializada en estructuras empresariales, Yelitza definió desde temprano quién era y hacia dónde quería ir. “Siempre fui muy estructurada, desde niña”, afirma. Esa disciplina, inculcada en casa, donde “cada cosa tenía su lugar y su momento” se convirtió en el eje que hoy sostiene tanto su vida personal como su empresa. Para ella, el orden no es rigidez: es libertad bien administrada.
Sin embargo, su camino empresarial en Estados Unidos no comenzó con un plan maestro. Como muchas familias venezolanas, la migración fue forzada por una experiencia traumática: un secuestro. “Nada estaba planeado. Llegamos con lo justo, con los niños pequeños y una necesidad: empezar de nuevo”, recuerda. En ese contexto de urgencia emocional y económica, Yelitza y su esposo tomaron una decisión que marcaría su futuro: apostar por la industria de alimentos.
En apenas cinco meses adquirieron un pequeño negocio. “Era un huequito, literal”, dice entre risas. Lo que parecía mínimo en tamaño resultó enorme en potencial. Hoy, Tío Paco distribuye más de 60 productos de marca propia y está presente en cadenas como Walmart, Sedano’s y Pollo Tropical. La empresa emplea a 45 personas de manera directa y continúa expandiéndose en un mercado altamente competitivo.
Pero el verdadero diferencial de Tío Paco no está solo en su portafolio, sino en su filosofía. “Para las familias hispanas, nuestros productos significan más que conveniencia: son un vínculo con su identidad cultural”, explica Yelitza. Bajo su liderazgo, la empresa se concibe como una comunidad diversa donde convergen culturas hondureñas, venezolanas, cubanas y colombianas, todas unidas por un mismo sentido de pertenencia.
Ese enfoque no surgió de manuales corporativos, sino de la experiencia migrante. Al llegar a Estados Unidos, Yelitza se enfrentó a una realidad que le resultó desconcertante: la alta rotación de personal. “La gente trabajaba un día y se iba. Yo no entendía eso. En Venezuela, uno dura años en una empresa”, cuenta. La respuesta fue clara: si quería compromiso, debía crear hogar. Hacer que cada empleado sintiera que ese espacio también le pertenecía.
Así, el liderazgo de Yelitza se fue moldeando desde lo humano. No dirige desde la distancia, sino desde la cercanía estructurada. Esa combinación de empatía con procesos claros ha convertido a la empresa en un lugar donde la estabilidad no es casualidad, sino consecuencia de una cultura bien diseñada.

Con el tiempo, su forma de gestionar comenzó a resonar más allá de su organización. Muchas mujeres se acercan a ella buscando respuestas sobre cómo equilibrar múltiples roles. Su respuesta es siempre la misma, directa y sin adornos: “No es magia, es estructura y experiencia. El tiempo es mi activo más valioso, y cuando se combina con organización, los resultados son poderosos”.
Sin proponérselo, Yelitza se convirtió en mentora. “Yo veo el caos y armo un plan. Es lo que sé hacer, me sale natural. Y si puedo ayudar, lo hago”, afirma. Su mentoría no se da desde la tarima, sino desde el ejemplo: demostrar que es posible liderar una empresa, criar hijos presentes, cuidar la imagen personal y mantener paz mental sin caer en la narrativa del sacrificio extremo.
Esa imagen pública, a veces asociada con la moda y la estética, es, en realidad, una extensión de su visión estratégica. “La imagen importa, claro que sí. Pero el contenido importa más. Por eso me gusta inspirar desde lo real, desde lo que se ha construido con esfuerzo”. Detrás de cada outfit hay una mente que diseña procesos, lee métricas y toma decisiones basadas en datos.
Pero para Yelitza, el éxito no se mide en cifras, sino en calidad de vida. Poder salir de la oficina a las tres de la tarde, buscar a sus hijos, compartir la mesa en familia y vivir con calma es, para ella, el verdadero indicador de logro. Vive en Miami con su esposo —socio de vida y de negocios— y sus dos hijos. El resto de su familia permanece en Venezuela e Italia, pero los valores que la formaron siguen intactos: trabajo, fe y respeto.

Cuando habla de su país natal, lo hace con una mezcla de distancia y gratitud. “Me fui muy divorciada de Venezuela, por todo lo que nos tocó vivir. Pero también me llevé lo mejor: la fuerza, la calidez, esa capacidad de ver lo humano incluso en los negocios”.
Lejos de las etiquetas fáciles, Yelitza se posiciona como una constructora de sistemas y cultura empresarial. Su fortaleza no está solo en el discurso, también en la ejecución: en la capacidad de ordenar, sostener y escalar sin perder el sentido humano. Su liderazgo demuestra que cuando la estrategia se alinea con valores claros, el crecimiento deja de ser circunstancial y se convierte en legado.


