Diana Figueroa y la nueva conversación sobre bienestar: del tratamiento a la prevención

En un momento en el que la salud se ha convertido en una de las mayores preocupaciones globales, el concepto de bienestar ya no se limita a la estética o a las tendencias pasajeras. Hoy, la conversación se mueve hacia un terreno más profundo: la prevención, la educación y la ciencia como pilares de una vida más plena y sostenible. En este escenario, la visión de Diana Figueroa emerge como una de las voces que está impulsando un cambio de paradigma en la forma en que entendemos la salud.

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Durante décadas, los sistemas sanitarios han centrado sus esfuerzos en tratar la enfermedad una vez que aparece. Sin embargo, la evidencia científica actual señala con claridad que muchos de los principales padecimientos que afectan a la población mundial tienen su origen en factores modificables. La mala alimentación, el sedentarismo y el estrés crónico se han convertido en detonantes silenciosos de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, trastornos metabólicos e incluso ciertos tipos de cáncer.

Estudios del Global Burden of Disease, publicados en The Lancet, han revelado que los riesgos dietarios —como el alto consumo de sodio y la baja ingesta de frutas y vegetales— se encuentran entre los principales factores de mortalidad a nivel global, superando incluso al tabaquismo en algunas poblaciones. Este dato, contundente por sí solo, invita a replantear la relación cotidiana que tenemos con la alimentación y el estilo de vida.

Para Figueroa, el bienestar no es una meta abstracta, sino un proceso de conciencia y acción. Su enfoque parte de una premisa sencilla pero poderosa: si gran parte de las enfermedades crónicas pueden prevenirse, entonces la educación en salud debería ocupar un lugar central en la vida de las personas, especialmente en comunidades donde el acceso a información científica clara y en su propio idioma sigue siendo limitado.

La Organización Mundial de la Salud estima que cerca del 70% de las muertes en el mundo están relacionadas con enfermedades crónicas prevenibles. En la misma línea, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos señalan que hasta el 80% de las enfermedades cardíacas, los accidentes cerebrovasculares y la diabetes tipo 2 podrían evitarse mediante una combinación de alimentación adecuada, actividad física regular y manejo del estrés. Estas cifras no solo describen un problema de salud pública, sino también una oportunidad de transformación social.

Uno de los aspectos que más énfasis recibe en la visión de Figueroa es la relación entre mente y cuerpo. El estrés crónico, por ejemplo, se vincula con una gran proporción de las consultas médicas y se asocia con inflamación, desequilibrios hormonales y trastornos del sistema inmunológico. A esto se suma el impacto de la salud mental: uno de cada cinco adultos en Estados Unidos experimenta algún trastorno mental cada año, con la ansiedad y la depresión como algunas de las principales causas de discapacidad a nivel global.

Más recientemente, la ciencia ha comenzado a revelar conexiones fascinantes entre el intestino y el cerebro. Investigaciones del National Institutes of Health destacan que cerca del 70% del sistema inmunológico se encuentra en el intestino, y que la microbiota influye directamente en la salud mental, la inflamación y el metabolismo. Este eje intestino–cerebro refuerza la idea de que el bienestar no puede abordarse de forma fragmentada, sino desde una mirada integral.

En ese contexto nace el Summit for Wellbeing, una plataforma que busca ir más allá de la inspiración superficial para ofrecer información respaldada por evidencia científica. El objetivo es claro: empoderar a las personas para que comprendan cómo sus decisiones diarias —desde lo que comen hasta cómo gestionan el estrés y el descanso— pueden influir incluso en la expresión de sus genes, un fenómeno conocido como epigenética.

La propuesta de Figueroa no es la de un bienestar elitista o inalcanzable, sino la de una salud consciente, comunitaria y sostenible. Apostar por la prevención, sostiene, no solo reduce la carga de los sistemas de salud, sino que fortalece comunidades más resilientes, informadas y conectadas con su propio bienestar.

En una ciudad como Miami, donde convergen culturas, estilos de vida y una creciente conversación sobre salud integral, esta visión encuentra un terreno fértil. La invitación es a cambiar la pregunta de “¿cómo tratamos la enfermedad?” por “¿cómo cultivamos la salud?”. En esa transición, la ciencia, la educación y el liderazgo consciente se convierten en los verdaderos protagonistas de una nueva narrativa del bienestar.