En la casa de infancia de Lucas Álvarez, las mañanas empezaban con música. Mientras muchos niños crecían con alarmas y afanes escolares, él creció despertando con el eco de la salsa, el merengue y la música tropical. Su madre, María Eugenia Bedoya, tenía la costumbre de poner canciones alegres antes de ir al colegio; su padre, Alfonso Álvarez, llevaba una guitarra a cada reunión familiar y cantaba como quien convierte cualquier sala en un escenario.
“Mi papá aprendió a tocar la guitarra solo, con revistas, porque no había dinero para pagar clases”, recuerda Lucas. “Yo lo veía tocar y, para mí, eso era mágico”.

La música llegó antes que cualquier plan de vida. Primero fue un piano de juguete a los cuatro años; después llegaron las clases, la disciplina y las largas horas frente al teclado.
Sus profesores notaron rápidamente su talento y sus padres comenzaron a exigirle más. A los 11 años, Lucas dividía sus días entre el colegio, el baloncesto, las tareas y el piano. Hasta que un día dejó de disfrutarlo, la música empezó a sentirse como una obligación y decidió alejarse.
El piano quedó guardado durante años, pero algunas pasiones simplemente esperan el momento indicado para regresar. Ese momento llegó cuando tenía 15 años, cuando una de sus primas le pidió que tocara el piano en su boda y abrió una puerta de regreso a todo aquello que había dejado atrás. Volvió a ensayar, retomó las clases y, esta vez, algo cambió: ya no había presión, solo disfrute.
Y entonces apareció el ritmo. Las serenatas que su padre organizaba en casa lo acercaron a músicos tropicales, tríos y pianistas que mezclaban boleros con sonidos contemporáneos, y ahí entendió que quería hacer música que se sintiera viva, cálida y cercana.
“Le dije a mi papá: quiero seguir con la música, pero quiero irme por la música tropical”. Desde entonces comenzó un viaje creativo en el que el rock argentino podía convivir con la salsa, en el que Carlos Santana tenía tanto sentido como Héctor Lavoe, y en el que un joven ingeniero paisa descubría que los géneros no tienen fronteras cuando la emoción es auténtica.

Mientras estudiaba ingeniería, también componía canciones y tocaba con El Zaguán, la banda que formó junto a grandes amigos y con la que abrió conciertos para Julieta Venegas, Enanitos Verdes y Bacilos entre 2009 y 2014. Durante años sintió que debía elegir entre el ingeniero estructurado y el músico creativo.
La dualidad lo acompañó durante gran parte de su vida. Ha trabajado casi dos décadas en multinacionales, en áreas comerciales y de marketing, se mudó de ciudad, de país y de continente, pero incluso en medio de juntas y números, la música seguía encontrando maneras de quedarse.
A veces lo hacía en silencio. Otras veces, transformándose en canciones personales. Cuando le propuso matrimonio a María Claudia Garrido, su esposa y una de las grandes cómplices de su historia, lo hizo con una canción titulada “Por Siempre”. Cuando nació su primer hijo, escribió “Oye, María”, una canción dedicada al amor de pareja tras convertirse en padres. Más adelante llegaron canciones para sus hijos, para los aniversarios y para esos pequeños momentos cotidianos que normalmente pasan desapercibidos.
Eso es lo más interesante de su historia: mientras la tendencia musical parece construirse a partir de la ruptura o el desamor, Lucas eligió escribir desde la gratitud y la buena energía. Compone canciones sobre el amor, la familia, la amistad y la capacidad de apreciar lo simple. Porque más que perseguir la fama, Lucas vive la música como una extensión honesta de quién es.
Después de años en pausa, la música volvió a encontrarlo en Miami. Viejos amigos como el productor Javier Arrieta regresaron a su vida, mientras nuevas canciones toman forma junto a Andrés Buitrago y David Botero. El destino también lo reencontró con Nico Ramírez, amigo del colegio y productor de artistas como Camilo, Alejandro Sanz y Kany García, con quien hoy desarrolla una nueva etapa musical más madura y auténtica que verá la luz muy pronto.
Pero incluso ahora, Lucas sigue hablando de la música como si fuera una conversación íntima. Tal vez porque entiende perfectamente de dónde nació todo.
Nació en una sala familiar con una guitarra, en una madre que despertaba a sus hijos bailando, en unos padres que apostaron por un talento incluso cuando él mismo quiso abandonarlo y en una esposa que ha acompañado en cada etapa.

La historia de Lucas Álvarez no es solamente la de un músico; es la historia de alguien que aprendió que el arte no siempre tiene que nacer del dolor, sino que también puede nacer del agradecimiento, del amor tranquilo y de la alegría cotidiana.
Por eso sus canciones se sienten como una conversación cálida después de un día largo. Como una ventana abierta frente al mar. Como alguien que, entre acordes tropicales, nos recuerda que todavía hay motivos para celebrar la vida.
Escrito por: Mariana Bechara, Fotografía: Yorch Sans, Grooming: Albina Nigalchuk, Styling: Gio Moros Miami & Saks Fifth Avenue, Location: Esca Productions


