Escrito por: Mariana Bechara, Fotografía: Yorch Sans, Grooming: Albina Nigalchuk, Locación: Ampersand Studios
El liderazgo suele asociarse con grandes empresas y posiciones de poder, pero la verdadera medida de un líder está en la influencia que ejerce al sostener sus principios con constancia. Al Maulini representa esa forma de liderazgo: uno que trasciende cifras y estructuras corporativas, porque se nutre de raíces familiares y de una historia marcada por resiliencia. En 1965, su familia, inmigrantes cubanos, llegaron a Estados Unidos para empezar de cero. Una experiencia que forjó la base de su visión.

Esa historia familiar no es un detalle biográfico; es la raíz de su ética de trabajo. En Coldwater, Michigan, su padre trabajó en una fundición de acero y su madre en una zapatería. En menos de dos años, lograron comprar su primera casa.
Esos primeros años se convirtieron en el mapa que guiaría su trayectoria: el trabajo arduo y constancia no fueron discursos, sino aprendizajes vividos. A los 16 años, Miami entró en su historia para enseñarle algo igualmente decisivo. Llego hablado un pobre español con fluidez, pero con el tiempo perfeccionó el idioma y aprendió portugués, desarrollando una capacidad de adaptación que marcaría su carrera.
En 1984 comenzó como asistente de trader; al año siguiente ya era broker. Desde entonces ha sido trader, asesor financiero, director del área de inversiones en una gran institución bancaria, conductor de programas radiales y autor de newsletters cuando aún se imprimían en máquina de escribir y se enviaban por correo físico. Más de cuatro décadas después, sigue escribiendo a diario, ahora en formato digital. La constancia no ha cambiado; el medio sí.
Con el tiempo, su liderazgo se definió por la combinación entre autonomía intelectual y responsabilidad fiduciaria. Fundó su propia práctica financiera asociada a Raymond James, no por rebeldía, sino por coherencia: “Yo quería ser el dueño del negocio y tener mi propio equipo”. No se concibe como vendedor de productos, sino como arquitecto de estrategias patrimoniales, con un modelo basado en transparencia.

Al mismo tiempo, Maulini entendía que el mundo financiero suele percibirse como un territorio distante: rascacielos de cristal, pantallas saturadas de cifras y un lenguaje técnico aparentemente reservado a especialistas. Frente a esa percepción, apostó por humanizar el proceso. Quiso una práctica visible, cercana, a nivel de calle: “Yo quería tener un edificio que la gente pudiera entrar de la calle, mirar lo que está sucediendo dentro”.
Por eso, no se concibe como distribuidor de instrumentos financieros, sino como arquitecto de estrategias patrimoniales. Desde la planificación financiera hasta la construcción y gestión directa de portafolios, su modelo privilegia la transparencia. El cliente puede ver cada activo, cada decisión.
Comenzó con tres personas; hoy lidera un equipo de diez que describe como familia. “No somos empleados. Hay una amistad aquí”. En el centro de esa cultura está la ética. Para Maulini no es un accesorio, sino el fundamento del negocio. “Si no hay confianza, si no hay ética, no hay nada”. Equipara la relación con el cliente a la del médico con su paciente: manejar el patrimonio de una familia implica acceder a sus sueños, temores y vulnerabilidades. Los resultados importan, pero la confianza es el cimiento.
Del mismo modo, su aproximación al riesgo revela su carácter. En un entorno marcado por la volatilidad, el miedo no es opción. “No puedes tener miedo en este negocio”, afirma. Las pérdidas forman parte del ciclo; la clave está en saber gestionar, ajustar y corregir cuando corresponde. Décadas de experiencia le han dado esa calma operativa.
Esa disciplina también se refleja en su rutina diaria. Se levanta entre las cuatro y cinco de la mañana y dedica tres horas a estudiar mercados, economía y tendencias globales antes de que comience la jornada formal. No lo hace por obligación, sino por convicción. “A mí me encanta leer. Me gusta estar al tanto de las cosas”. Esa curiosidad permanente le permite mantenerse relevante en un sector que se transforma a velocidad exponencial.

Su influencia va más allá del análisis técnico. En cada charla, dos veces al mes, abre el espacio con una causa benéfica, convirtiendo la reflexión económica en un acto de conciencia. La filantropía es parte de su identidad: rescata animales —“tengo cinco perros en mi casa, todos rescatados”— y apoya múltiples organizaciones. Su oficina se transforma en altavoz de solidaridad, donde la disciplina financiera convive con la sensibilidad humana y donde cada lectura comienza recordando que la verdadera riqueza se mide en la capacidad de dar.
Con más de 40 años de experiencia, conserva la vitalidad con la que comenzó. Para él, los años no pesan: se transforman en criterio y visión. Su historia no se proyecta hacia un final, sino hacia nuevos comienzos, una constante que ha marcado su vida desde el inicio. Porque la influencia no se mide en reconocimientos ni titulares; se construye en lo que aportas, en las personas que impulsas, en un consejo oportuno, en una oportunidad que cambia un destino. Ahí es donde realmente perdura.


