Cuando Alina García habla de democracia, no lo hace desde la teoría. Habla desde la memoria, desde una historia familiar marcada por la urgencia de huir y por la convicción profunda de que la libertad no es algo que se pueda dar por sentado.

Tenía apenas tres años cuando sus padres la sacaron de Cuba a comienzos de los años sesenta. Su padre tuvo que escapar en lancha; el régimen lo perseguía y el riesgo era demasiado grande. Su madre logró salir después con Alina y su hermano, llegando a Estados Unidos sin dinero, sin dominio del idioma y con la única certeza de que comenzaban una vida completamente nueva. Los primeros años fueron difíciles. Encontrar vivienda no era sencillo y muchos apartamentos no aceptaban niños, pero su madre —una mujer de carácter fuerte y espíritu emprendedor— encontró la forma de salir adelante.
Peluquera de profesión, transformó su casa en un pequeño espacio de trabajo y apoyo para otras familias cubanas que también llegaban buscando una oportunidad. Cortaba cabello en el portal de la casa, cocinaba para quienes se quedaban temporalmente allí y organizaba una especie de casa de huéspedes improvisada para inmigrantes recién llegados. “Mi mamá siempre fue una mujer emprendedora”, recuerda Alina. “Ella siempre decía: si tienes un dinerito, cómprate un ladrillito”.
Esa frase terminó convirtiéndose en una filosofía de vida. Con el tiempo su madre logró comprar su primera casa y luego otra, siempre con la idea de construir estabilidad paso a paso. Fue una lección silenciosa que Alina llevaría consigo durante toda su vida. Su padre comenzó trabajando como camarero mientras la familia se adaptaba a una nueva cultura y un nuevo idioma. Años más tarde sus padres se separaron, y Alina creció junto a su madre y su hermano, quien eventualmente tomaría el camino del sacerdocio.
La experiencia de haber llegado como inmigrante marcó profundamente su visión del mundo. Desde pequeña escuchó en casa conversaciones sobre política, libertad y el peligro del comunismo. Sus padres habían vivido de cerca las consecuencias de un régimen autoritario, y esa memoria familiar se convirtió en una referencia constante. “Siempre hablaban de lo que pasó en Cuba”, cuenta. “De lo que significa perder la libertad”.
Antes de entrar al mundo del servicio público, Alina siguió inicialmente los pasos de su madre. Tuvo un salón de belleza y trabajó durante varios años en el sector privado mientras criaba a sus tres hijos. Fue madre joven y durante mucho tiempo equilibró la vida familiar con el trabajo. Hoy su familia se ha multiplicado: tiene once nietos, algunos ya en la universidad y otros todavía pequeños. Habla de ellos con orgullo. “El amor de los nietos es algo muy especial”, dice. “Te llena de energía”.

Su entrada al servicio público ocurrió casi por casualidad. Durante una reunión con amigos comenzó a ayudar en un proceso de registro de votantes para el Partido Republicano. Lo que empezó como una colaboración puntual despertó un interés inesperado. “Empecé a entender cómo funcionaban las elecciones”, recuerda. “Y me encantó”.
Durante más de tres décadas trabajó en distintas áreas del gobierno, acumulando experiencia en múltiples niveles de la administración pública. Ha trabajado con la Cámara de Representantes, el Senado estatal, el condado de Miami-Dade, el Congreso de Estados Unidos y la administración estatal de Florida. Ese recorrido la llevó finalmente a ocupar el cargo que hoy define su etapa profesional: Supervisora de Elecciones del condado Miami-Dade.
Para ella, este rol tiene un significado profundo. Un país sin elecciones justas, afirma, no puede tener libertad. Aunque muchas personas asocian el trabajo electoral únicamente con los días de votación, la realidad es mucho más amplia. Su oficina organiza procesos electorales durante todo el año, coordina centros de votación, entrena personal y promueve la participación ciudadana en un condado con decenas de municipalidades.
Parte esencial de su misión es recordar a las personas que la democracia requiere participación. “Hay que cuidarla”, dice. “Y una forma de cuidarla es votando”.

A lo largo de su carrera también ha tenido que abrirse paso en un ámbito que durante muchos años estuvo dominado principalmente por hombres. Para Alina, la clave nunca fue buscar atajos. “Yo no llegué aquí de un día para otro”, explica. “Trabajé más de treinta años antes de aspirar a un cargo público”. Ese recorrido le permitió construir una reputación basada en preparación, disciplina y constancia.
Cuando habla de su trabajo, hay un elemento que aparece constantemente: la vocación de ayudar. “Si ese día pude ayudar a una persona, ya fue un buen día”.
Después de tantos años de servicio, su visión sigue siendo clara; su objetivo es fortalecer la participación ciudadana y recordar a las personas el valor de su voz. Para alguien que creció escuchando historias sobre la pérdida de la libertad, la democracia no es solo un sistema político: es una responsabilidad que debe cuidarse todos los días.
Escrito por: Luisa Rangel, Fotografía: Yorch Sans


