Su historia comienza entre dos países. Nació en Estados Unidos, pero a los catorce años su familia tomó una decisión que cambiaría su vida: mudarse a Colombia. Su padre había encontrado una oportunidad laboral y toda la familia se trasladó al país. Lo que en ese momento se sintió como una ruptura —dejar amigos, escuela y rutina— terminó convirtiéndose en una de las experiencias más significativas de su vida.

“Allá terminé el colegio y conocí a mis mejores amigas”, recuerda. “Hoy siento que soy también colombiana”.
Vivió cerca de siete años en Colombia antes de regresar a Miami a los veintiún años, cuando la empresa familiar cerró. Aquella transición marcó el inicio de una etapa distinta: fue madre soltera, trabajó y organizó su vida alrededor de una prioridad que nunca ha estado en discusión: sus hijas.
Con el tiempo volvió a enamorarse y tuvo una segunda hija. Durante varios años su carrera se desarrolló en el mundo de la publicidad y la radio, un entorno que le permitió construir una amplia red de contactos dentro de la comunidad. Fue una etapa intensa y de aprendizaje, donde también descubrió algo que más adelante sería clave en su vida profesional: la importancia de conectar con las personas.
“Siempre me ha gustado hablar con la gente, escuchar sus historias”, dice. Ese talento natural para relacionarse con otros la llevó años después a trabajar en asuntos comunitarios dentro del gobierno del condado de Miami-Dade, donde actualmente se desempeña como enlace entre los municipios locales, los residentes y la oficina de la alcaldesa Daniella Levine Cava. Describe su rol como un puente: ayudar a acercar a las personas a su gobierno mientras se asegura de que las preocupaciones de la comunidad sean escuchadas y atendidas.

Pero si algo transformó profundamente su forma de mirar el mundo no fue la política ni el trabajo público. Fue su familia.
Hace algunos años su familia recibió una noticia difícil: su hija mayor fue diagnosticada con una enfermedad degenerativa sin cura. Desde entonces, cada decisión de Annabelle empezó a ordenarse desde otro lugar. No desde la urgencia profesional, sino desde el tiempo, el cuidado y la conciencia de lo frágil que puede ser todo. Habla de ese proceso con honestidad, sin dramatismo, como una mujer que ha entendido que hay situaciones que no se pueden controlar, solo acompañar con amor y entereza.
Ante una realidad así, Annabelle decidió no quedarse atrapada en por qué ni dejarse consumir por el miedo al futuro. Prefiere concentrarse en el presente, en lo que todavía puede abrazarse y compartirse. Con el tiempo también entendió algo esencial: para cuidar a los suyos debía mantenerse fuerte ella, no solo físicamente, sino emocionalmente. Aprender a respirar, a encontrar momentos de calma y a no perderse en preguntas sin respuesta se volvió parte de ese equilibrio. Desde entonces, la familia dejó de ser una prioridad entre muchas para convertirse en el centro de todo. Los momentos simples —ver una película juntos, compartir una comida sin interrupciones o reírse en la sala— adquirieron un valor distinto. Para Annabelle, ahí está la vida.
Esa misma necesidad de construir algo con sentido influyó en una decisión que tomó junto a su esposo: abrir Color Me Mine Edgewater Miami, un estudio de pintura en cerámica pensado como un espacio creativo donde las personas de todas las edades pueden explorar el arte de una manera cercana y divertida. Más que un negocio, el proyecto nació como una forma de crear estabilidad para su familia y, llegado el momento, poder dedicar todavía más tiempo al cuidado de su hija. El concepto también tiene un origen emocional. Cuando era niña, su madre la llevaba a espacios parecidos, y el recuerdo de esas tardes quedó grabado en ella. Años después, al ver a su hija menor regresar emocionada con una pieza pintada, sintió que algo se acomodaba por dentro.

Hoy ese lugar se ha convertido en un espacio donde las personas pueden bajar el ritmo. Muchos llegan solos, se sientan a pintar, se desconectan del teléfono y entran en un estado de calma que parece cada vez más difícil de encontrar. Hay algo casi meditativo en ese gesto simple de concentrarse en el color, en la forma, en el silencio.
Cuando se le pregunta por sus miedos, habla del arrepentimiento. De mirar atrás y sentir que dejó pasar el tiempo atrapada en preocupaciones que no valían la pena. Por eso insiste tanto en el presente. Porque sabe que la vida cambia en un instante y que no hay promesa de después. Esa conciencia la ha vuelto más fuerte, pero también más sensible.
Cuando habla de éxito, Annabelle no piensa en títulos ni en cargos. Piensa en paz. En poder acostarse cada noche con la certeza de que dio lo mejor de sí, de que estuvo presente y cuidó lo que realmente importa. En ese proceso también ha aprendido algo difícil: perdonar. No quedarse atrapada en el “por qué”, sino aceptar lo que la vida trae y seguir adelante. Vivir así, con amor y sin arrepentimientos, es su verdadera forma de ganar.


